El año 2026 se perfila como un punto de inflexión histórico para América Latina. En un contexto de acelerada competencia global, la región se encuentra en el ojo del huracán de una reconfiguración geopolítica forzada por la administración estadounidense, la cual ha formalizado una doctrina de intervención integral que amenaza los cimientos mismos de la soberanía nacional. Paralelamente, las respuestas de otras potencias globales y la fragmentación interna dibujan un escenario complejo donde el futuro de la autodeterminación regional pende de un hilo.
La Doctrina Donroe: Soberanía bajo asedio
La recién bautizada «Doctrina Donroe» —una actualización explícita y agresiva de la vieja Doctrina Monroe— constituye el marco de la estrategia estadounidense. Articulada en la Estrategia de Seguridad Nacional (diciembre 2025) y la Estrategia de Defensa Nacional (enero 2026), esta doctrina abandona toda retórica de cooperación multilateral para adoptar un tono abiertamente confrontacional de suma cero. Su lógica es clara: en un escenario de desindustrialización y competencia con China, Estados Unidos necesita con carácter «existencial» asegurar el control de las materias primas críticas, la mano de obra barata y los mercados de proximidad de América Latina.
Esta estrategia se implementa mediante un cóctel de herramientas que debilitan la soberanía:
Coerción económica: Aranceles punitivos (como el 25% impuesto a Colombia y México), amenazas directas a la soberanía sobre activos estratégicos («tomar de vuelta» el Canal de Panamá) y presión para romper alianzas, como el retiro panameño de la Iniciativa de la Franja y la Ruta china.
Injerencia electoral ilimitada: La victoria en Costa Rica de Laura Fernández Delgado, abiertamente respaldada por Donald Trump, es citada como ejemplo de un patrón que busca repetirse en los cruciales comicios de 2026 en Colombia, Perú, Brasil y Nicaragua. La ESN establece que cualquier proyecto político que contravenga los intereses de «seguridad nacional» estadounidense será tratado como una amenaza hostil.
Fuerza militar y secuestro de líderes: El punto de inflexión fue la «Operación Resolución Absoluta» del 3 de enero de 2026, un ataque masivo con 150 aeronaves contra Venezuela que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro. Este acto, calificado por el presidente colombiano Gustavo Petro como un «retorno a la era de las intervenciones brutales», busca un objetivo doble: controlar el petróleo venezolano y enviar un mensaje disuasorio de que la soberanía es «un concepto obsoleto» cuando choca con los intereses de Washington.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha dejado claro que esta estrategia combina diplomacia, coerción económica y fuerza militar, considerando la «cuarentena naval» a Venezuela como un modelo aplicable a otros escenarios.
Las respuestas globales: Desafío, equilibrio y pragmatismo
Frente a este intento de restaurar la unipolaridad estadounidense, las potencias identificadas como adversarias por Washington ensayan respuestas complejas que oscilan entre el desafío, el equilibrio y la búsqueda pragmática de acuerdos. Según análisis geopolíticos, cada potencia evalúa su estrategia en un tablero global de alta tensión.
China, designada como «el Estado más poderoso en relación con nosotros desde el siglo XIX», responde fortaleciendo su poderío militar (desafío) y profundizando la Iniciativa de la Franja y la Ruta para equilibrar la influencia estadounidense, mientras mantiene conversaciones comerciales. En América Latina, ha reconfigurado su estrategia hacia inversiones de «alta calidad» en tecnología 5G y energía limpia, aunque sigue siendo el principal socio comercial de nueve países de la región.
Rusia sigue una línea similar: desarrolla armas estratégicas para desafiar la unipolaridad, practica una triangulación diplomática para evitar dependencias excesivas y mantiene conversaciones con Estados Unidos.
Potencias como India optan principalmente por una estrategia de equilibrio y acercamiento pragmático a Washington, buscando acuerdos comerciales y de defensa, pero con cautela para no verse inundadas o permitir bases militares en su territorio.
Irán y Corea del Norte representan respuestas más confrontacionales, aunque también con matices. Se analiza que Irán podría combinar el desafío en Medio Oriente con la búsqueda eventual de un nuevo acuerdo nuclear.
Este complejo juego de respuestas globales aumenta el riesgo de una escalada impredecible. Como señalan los análisis, la presión excesiva de Washington para subordinar a China podría «desencadenar la próxima guerra mundial si no prevalecen las mentes más sensatas».
La fragmentación regional: El talón de Aquiles latinoamericano
El mayor aliado de la ofensiva estadounidense en la región no es solo su poderío, sino la profunda fragmentación y la incapacidad de una respuesta unitaria por parte de América Latina. Los tres países que concentran el 66% del PIB regional (Brasil, México y Colombia) muestran respuestas divergentes condicionadas por sus cálculos nacionales y dependencias asimétricas.
Esta «convergencia de presiones externas abrumadoras y cálculos nacionales divergentes» pospone una y otra vez la unidad. Como resume un análisis, «la unidad latinoamericana se posterga una vez más, no por falta de retórica, sino por… cálculos nacionales divergentes».
América Latina enfrenta en 2026 una encrucijada definitoria. Por un lado, una ofensiva estadounidense multifacética (la Doctrina Donroe) que busca recolonizar en términos prácticos su esfera de influencia, haciendo de la soberanía un concepto negociable. Por otro, la presencia de potencias globales como China que, pese a reconfigurar su enfoque, ofrecen un contrapeso económico y un discurso alternativo de no injerencia, aunque sus capacidades de disuasión militar en el hemisferio sean limitadas.
La verdadera batalla, sin embargo, no es entre China y Estados Unidos, sino por el derecho de los pueblos latinoamericanos a existir como naciones soberanas y definir su propio desarrollo. La respuesta a este desafío existencial dependerá de la capacidad de los líderes y movimientos sociales de la región para superar la fragmentación crónica y construir una unidad de acción que trascienda coyunturas electorales. De lo contrario, el sueño de la segunda y definitiva independencia seguirá postergándose, ahogado en el ruido de la disputa entre gigantes y en la división de sus propias élites.
Fuente: Razones de Cuba

