El otro Rubén Darío

1024 536 Cuaderno Sandinista

Compartimos Discurso leído en la Plaza de la Revolución por el padre Uriel Molina Oliú en representación de todos los que, cómo él, fueron galardonados con la Orden Rubén Darío, el 23 de junio de 2007, titulado «El otro Rubén Darío».


Nuestro inmenso amor a Jesús y a María constituye uno de los cuatro pilares esenciales de nuestra nicaraguanidad. Los otros tres, sin duda alguna, son Darío, Sandino y el espíritu unionista que heredamos de Morazán y de Bolívar.

Muchos cometemos el error de pensar en Darío sólo como el grandioso poeta que inspira y promueve la renovación lírica de América, y fecunda a la poesía de la madre patria; cual maestro y modelador de nuestro idioma, acuñador de palabras y enemigo de rígidas gramáticas, olvidando que Darío también fue uno de los más grandes pensadores de nuestra América Latina y Caribeña.

Así lo describe correctamente Salomón de la Selva cuando observa en su Rubén Darío (1941): «es pasmoso, al releer a Darío, atestiguar hasta qué punto estaba despierto su intelecto a las preocupaciones universales, a las inquietudes sociales, políticas y económicas, viéndolo y previéndolo todo con extraordinario acierto». Sin embargo, a la mayoría nos impresiona más la descripción que de él hace José Enrique Rodó: «habíamos tenido en América —dice Rodó— poetas buenos y poetas inspirados y poetas vigorosos; pero no habíamos tenido en América un gran poeta exquisito». Es esa su deslumbrante exquisitez lo que inconscientemente nos hace suponer que su vocación artística fue la determinante, la única, en Rubén. Pero la verdad es que dentro de la heterogeneidad de sus múltiples facetas, la de caudillo intelectual de América, antiimperialista y cantor de la unión de nuestra América Latina y Caribeña es tan, o quizás más, importante en el Rubén integral que a veces, inconscientemente, descuidamos.

La innegable y, para mí, imperdonable verdad es que la mayor parte de nosotros no hemos tenido acceso al riquísimo legado en prosa de Darío, hasta ahora bastante descuidado y, aún más, desconocido. Y es precisamente en su prosa donde más claramente se percibe el otro Rubén, el gran latinoamericanista, integracionista y antiimperialista, habitualmente soslayado por nosotros.

Es ese Rubén, nuestro Ariel, precursor de Zeledón y de Sandino, el que personifica los más nobles ideales libertarios de nuestra América que tiembla de huracanes y que vive de amor y que ha tenido poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl; que antepone sus valores espirituales y morales a los del imperio de la materia o reino de Calibán, donde el utilitarismo y el egoísmo mandan al traste a la solidaridad. Es a ese Rubén al que hoy queremos evocar y decirles a los que están siendo galardonados con la Orden Rubén Darío que, si fuera posible, ahora deberían sentirse aún más comprometidos con la lucha porque el ALBA se convierta cada vez más en una realidad irreversible.

Siento que Darío quisiera que le permitiéramos a él hablar aunque sus pensamientos y palabras fastidien a algunos miembros de la intelectualidad nicaragüense que hacen comparsa alrededor de la aristocracia neoliberal y entreguista. Ellos presumen ser los dueños de Darío cuando en verdad no lo conocen. Si lo conocieran se aterrorizarían al descubrir la fuerza y firmeza de su antiimperialismo y de sus aspiraciones morazanistas y bolivarianas para nuestra Patria Grande. Dejemos, pues, que el propio Darío, nos hable de lo que piensa y siente por Cuba, Martí, el imperialismo gringo y sobre su sueño de integración de nuestra Patria latinoamericana y caribeña.

En uno de sus más emblemáticos artículos, publicado el 20 de mayo de 1898 en El Tiempo de Buenos Aires, Rubén relata lo acontecido en el gran encuentro de solidaridad, celebrado en el teatro La Victoria en Nueva York, a propósito de la guerra entre Estados Unidos y España. Allí nos habla de lo que él considera la esencia el imperialismo yanqui, de lo que piensa de José Martí y de su causa, con la que él se identifica plenamente, y de Roque Sáenz Peña quien, doce años más tarde, llegaría a ser presidente de la República Argentina. Oigamos, pues, algunas de las ideas expuestas por Darío en «El triunfo de Calibán»:

No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros […]

No, no puedo estar de parte de ellos, no puedo estar por el triunfo de Calibán. Por eso mi alma se llenó de alegría la otra noche, cuando tres hombres representativos de nuestra raza fueron a protestar en una fiesta solemne y simpática, por la agresión del yankee contra la hidalga y hoy agobiada España.

El uno era Roque Sáenz Peña, el argentino… habló repitiendo lo que siempre ha sustentado, sus ideas sobre el peligro que entrañan esas mandíbulas de boa todavía abiertas tras la tragada de Tejas […]; lo útil, lo necesario que es para las nacionalidades españolas de América estar a la expectativa de un estiramiento del constrictor.

Sólo una alma ha sido tan previsora sobre este concepto, tan previsora y persistente como la de Sáenz Peña: y esa fue —¡curiosa ironía del tiempo!— la del padre de Cuba libre, la de José Martí. Martí no cesó nunca de predicar a las naciones de su sangre que tuviesen cuidado con aquellos hombres de rapiña, que no mirasen en esos acercamientos y cosas panamericanas, sino la añagaza y la trampa de los comerciantes de la yankería. ¿Qué diría hoy el cubano al ver que so color de ayuda para la ansiada Perla, el monstruo se la traga con ostra y todo?

De tal manera la raza nuestra debiera unirse, como se une en alma y corazón, en instantes atribulados; somos la raza sentimental, pero hemos sido también dueños de la fuerza. El sol no nos ha abandonado y el renacimiento es propio de nuestro árbol secular […]

Esas pobres repúblicas de la América Central ya no será con el bucanero Walker con quien tendrán que luchar, sino con los canalizadores yankees de Nicaragua; Méjico está ojo atento, y siente todavía el dolor de la mutilación…

Con su venia, compañeras y compañeros, quiero invitarlos a escuchar también lo que Darío nos dice en otro de sus emblemáticos artículos publicado en La Nación de Buenos Aires, el 2 de marzo de 1895, bajo el título «La insurrección en Cuba».

Mal pensó quien pensara que el Pacto del Zanjón vendría a concluir con los anhelos de libertad y las ansias rebeldes del alma cubana. Los hombres de la guerra se esparcieron por el mundo. En los Estados Unidos hicieron hogar muchos… Perdieron unos cuantos la esperanza, murieron otros en el destierro, otros se encargaron de mantener el entusiasmo. Los creyentes y esperanzados se pasaban la palabra de seña, se comunicaban a través de la distancia. La hermandad continuaba unida y cada día adquiría mayor fuerza. Se creó un fondo económico para el Porvenir. Nueva York fue el cuartel general; cabeza, portavoz, apóstol, lengua, clarín: José Martí […]

Delgado, nervioso, vehemente, tiene tanta fama y gloria como orador que como escritor. La primera vez que lo he visto, fue en una asamblea o reunión pública de revolucionarios, en el Tanmany-Hall, de Nueva York […] Y avino que por la noche me dijo un amigo: «Martí te espera en Tanmany-Hall donde tiene que hablar esta noche». Fui allá y allá le conocí […]

Martí estaba en una especie de antesala. Me presentaron y me echó los brazos, cariñoso y magistral: «¡Hijo!» […] Cuando percaté ya estaba, arrastrado por Martí, entre la junta directiva del partido, en el tablado, donde había una a manera de tribuna. Allá se fue Martí directamente, y comenzó a hablar. El público estaba frío. No comenzó el orador a tratar del asunto que reunía a aquel concurso, sino que mi callada personalidad fue presentada en un maravilloso exordio lírico. Martí gasta sus diamantes en cualquier cosa […]

Si Cuba llegase a conquistar su libertad, el presidente de la república cubana sería, por elección unánime, quien ha sido hasta ahora apóstol de la revolución: José Martí.

Estos pasajes, de tan sólo dos artículos de Rubén, nos permiten captar bien su alma de rebelde ante la injusticia, de antiimperialista y unionista que busca en todas partes a los grupos de revolucionarios en el exilio y asiste a sus mítines de solidaridad.

En gran contraste con esos que además de autoproclamarse intelectuales democráticos —sin ser lo uno ni lo otro—, se hacen pasar por cultos y darianos. Darío nunca tuvo pelos en la lengua para llamar las cosas por su nombre, muy especialmente cuando se trataba de calificar las fechorías de Calibán, al que yo llamo Bestia Apocalíptica, o simplemente Bestia, por preferir yo la terminología bíblica a la shakespeareana. ¿Acaso no podemos todos oír a Rubén desde su tumba lanzando fortísimas condenas contra lo que el apocalíptico anticristo hizo en nuestra patria en los ochenta y hace hoy en Iraq y Afganistán? Quien no pueda escucharlas es porque sufre de sordera espiritual.

A esa franqueza o sinceridad esencial que siempre encontramos en Rubén, él mismo se refiere en una estrofa del primero de sus maravillosos «Cantos de Vida y Esperanza», que por cierto dedicó a José Enrique Rodó:

 Por eso ser sincero es ser potente: 
de desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye de ella.

Rubén era el hombre sincero y transparente por antonomasia y siempre apoyó sin reparo todas las causas justas. Por eso es que yo pienso que de haber vivido Rubén hubiera sido seguidor de Sandino, como lo fue Salomón de la Selva, Gabriela Mistral, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, Miguel Ángel Asturias, Carlos Quijano, Alberto Masferrer, José Vasconcelos, Pablo Neruda, Henri Barbusse, el gran Romain Rolland y todo intelectual de consecuencia en América y Europa cuando la lucha de Sandino.

Darío, en su prefacio a Cantos de Vida y Esperanza, Los Cisnes y Otros Poemas, nos dice: «Si en estos cantos hay política, es porque aparece universal. Y si encontráis versos a un presidente, es porque son un clamor continental». Y, para terminar, vuelve sobre su constante advertencia: «Mañana podremos ser yankis…; de todas maneras, mi protesta queda escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes». En clara alusión a lo que leemos en Los Cisnes:

 «¿Qué signo haces o cisne, con tu encorvado cuello 
al paso de los tristes y errantes soñadores?

 Brumas septentrionales nos llenan de tristezas, 
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces
gerifaltes de antaño revienen a los puños.

 La América española como la España entera 
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.
 ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? 
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

Para Darío, la respuesta es más que obvia: no, no hay que callar ahora para no tener después que lamentarnos. Para él, estos son tiempos de lucha, de denuncia y de acuerpar a nuestros heroicos dirigentes prestos para encabezar nuestra defensa ante los gringos, los septentrionales gerifaltes, los más grandes halcones sobre la faz de la tierra. Y, por supuesto, para Rubén nuestra defensa pasa, ineludiblemente, por el fortalecimiento que sólo nos puede proporcionar la integración promovida hoy por la Alternativa Bolivariana para nuestra América.

Por eso, a mí no me cabe la menor duda, de que si hoy estuviera vivo, Rubén, además de insigne Fidelista, sería, por supuesto, también gran Danielista, y gran admirador de Chávez y de Evo. Todo esto, al fin de cuentas, es natural pues ellos con Darío son todos espíritus afines, llenos de sueños e ideales para que en esta América ingenua, que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla mayoritariamente en español, portugués, aymara o quechua, se establezca victoriosa el ALBA luminosa de nuestro nuevo y definitivo amanecer. Entonces, con Rubén, cada uno de nosotros podremos exclamar: «Es mía el Alba de oro».

Referencias:

Miguel d´Escoto (2009) «Antiimperialistmo y no violencia». Editorial Ocean Sur. pp. 417 – 422.

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