Por Cuaderno Sandinista
Walter Ferretti podía participar en una operación militar, organizar combatientes o exigir rigurosa disciplina en las tareas clandestinas. También podía preparar comida para sus compañeros, escribir un poema, conseguir una guitarra para un joven que quería aprender música, llevar una muñeca a una niña enferma o sentarse a jugar fútbol con los policías que estaban bajo su responsabilidad.
Quienes lo conocieron recuerdan esas facetas como partes de un mismo hombre.
En los testimonios de la Dra. Juana Méndez Pérez, su compañera de vida, aparece el Comandante Guerrillero del Asalto al Palacio Nacional, el combatiente del Frente Norte y uno de los dirigentes del Repliegue Táctico a Masaya. Pero aparece también Walter: el compañero, el esposo, el padre y el amigo. Sus recuerdos permiten acercarse a una dimensión de Ferretti que difícilmente puede encontrarse en una relación de cargos, operaciones militares o condecoraciones: la humanidad del combatiente.
De la organización a la lucha guerrillera
Walter Ferretti Fonseca, conocido con el seudónimo de “Chombo”, desarrolló durante su trayectoria revolucionaria tareas políticas, organizativas y militares dentro y fuera de Nicaragua.
Durante su estancia en San Francisco, California, junto a otros compañeros fundó comités de solidaridad, recaudó recursos y participó en la divulgación del pensamiento sandinista y la denuncia de la represión somocista a través de La Gaceta. También realizó trabajo organizativo entre nicaragüenses exiliados y redes solidarias en distintos países de América Latina, entre ellos Honduras, Costa Rica, Panamá, Venezuela y Cuba.
Su militancia lo llevó después a la lucha guerrillera. Combatió en las montañas del norte junto al Comandante Germán Pomares Ordóñez, donde resultó herido mientras formaba parte de una columna guerrillera. Más tarde se incorporó a la lucha insurreccional en Managua.
Fue precisamente durante aquellos años cuando conoció a Juana Méndez.
“Aquí la que manda soy yo”
El primer encuentro entre ambos ocurrió en la clandestinidad.
Juana era responsable de una casa de seguridad y se encontraba entrenando a un grupo de jóvenes en el manejo de armas. Según recordó años después, explicaba con especial empeño cómo desarmarlas hasta sus piezas más pequeñas cuando apareció en la puerta “un hombre alto, recio y con presencia”.
Era Walter Ferretti.
Observó durante un momento y después le advirtió que no debía desarmar completamente las armas, porque perder una pequeña pieza podía inutilizarlas precisamente cuando fueran necesarias.
Juana no sabía quién era aquel hombre y respondió:
“No sé quién es usted, pero ¡aquí la que manda soy yo!”.
Ferretti se retiró riéndose y comentó a otro compañero:
“Es brava esa compañera”.
Tiempo después volvieron a encontrarse en circunstancias muy diferentes. Walter había resultado herido en la montaña y necesitaba recuperarse en una casa de seguridad. Cuando le preguntaron dónde quería permanecer, pidió ser llevado a la casa de Juana porque, según recordaría ella, consideraba que tenía cara de que “no lo iba a dejar morir”.
Allí comenzó a conocer al hombre que estaba detrás del combatiente. Mientras se recuperaba hablaron de sus familias, amigos y experiencias. En una de aquellas conversaciones, Walter le preguntó qué había pensado sobre el Asalto al Palacio Nacional.
Juana le contó que una imagen le había quedado particularmente grabada: la de un guerrillero que mantenía encañonado a un hombre que hablaba por teléfono. Le impresionaban su seguridad, su porte y especialmente su mirada.
Walter continuó preguntándole qué recordaba de aquel guerrillero.
Finalmente le dijo:
“Ese soy yo”.
Juana se sintió avergonzada. Años después recordaría la escena como parte de una relación que sobrevivió a la clandestinidad, la guerra y las largas separaciones.
Palacio Nacional y la solidaridad entre compañeros
Walter Ferretti integró el comando sandinista que ejecutó el Asalto al Palacio Nacional en agosto de 1978, una operación que permitió la liberación de dirigentes y militantes revolucionarios encarcelados por la dictadura.
Juana Méndez encontraba en aquella acción algo que iba más allá de su dimensión militar y política. Los integrantes del comando habían arriesgado sus propias vidas para liberar a otros compañeros.
“Si puede haber algo que le llames cariño, amor, compañerismo, hermandad, fue esa acción”.
También recordaba que Walter rara vez colocaba su propia participación en el centro cuando hablaba de aquellos acontecimientos. Prefería mencionar a los compañeros y destacar a quienes habían participado en la planificación, el aseguramiento y el avituallamiento. Reconocía incluso las tareas aparentemente más humildes, aquellas que casi nunca aparecen cuando se cuentan las grandes operaciones.
Para Juana, esa actitud formaba parte de su carácter:
“Walter Ferretti era un hombre tan sencillo y humilde, que nunca hablaba de él mismo, siempre me comentaba de los compañeros”.
Disciplina para proteger la vida
La clandestinidad imponía reglas severas. Una identidad revelada, una casa de seguridad descubierta o una información conocida por quien no debía conocerla podía poner en peligro a muchas personas.
Juana Méndez recordaba que Walter era especialmente cuidadoso con esas normas. Mantenía disciplina con las identidades, los horarios, los lugares de reunión, las casas de seguridad y el traslado de armas.
No se trataba solamente de cumplir instrucciones. Para Ferretti, la disciplina estaba relacionada directamente con la seguridad de quienes participaban en la lucha.
Juana lo definía como:
“un hombre sereno y muy leal y muy comprometido con la disciplina porque estaba vinculada a la seguridad y vida de otros compañeros”.
También lo recordaba como un hombre audaz, pero prudente; capaz de medir los movimientos antes de actuar y consciente de las consecuencias que una decisión podía tener para quienes estaban a su alrededor.
“Aquí están sus hermanos”
Después de combatir en el Frente Norte y resultar herido, Ferretti se incorporó nuevamente a la lucha insurreccional. Participó en los combates desarrollados en los barrios de Managua y estuvo entre quienes condujeron el Repliegue Táctico hacia Masaya.
Años después, algunos combatientes contaron a Juana Méndez cómo habían visto a Walter durante aquella marcha.
El trayecto había sido duro. Habían atravesado lugares difíciles, sufrido el hostigamiento de las fuerzas somocistas y continuaban avanzando con heridos, cansancio y agotamiento acumulados.
Ferretti llevaba los pies llagados.
En determinado momento advirtió a sus compañeros que se sentía débil y que podía desmayarse. Dos combatientes de Masaya lo sostuvieron por los hombros y le respondieron:
“Hermano, usted nunca va a caer porque aquí están sus hermanos”.
Y continuaron la marcha.
Los combates prosiguieron posteriormente en Carazo hasta culminar con el triunfo de la Revolución Popular Sandinista el 19 de julio de 1979.
De la insurrección a la defensa de la Revolución
Después del triunfo revolucionario, Walter Ferretti asumió nuevas responsabilidades.
Participó en la organización y captación de combatientes que integrarían las distintas especialidades del Sistema de Defensa Nacional. Fue uno de los cuadros fundadores de la Seguridad del Estado y ocupó responsabilidades como Segundo Jefe de la Policía Sandinista.
Posteriormente dirigió las Tropas Especiales Pablo Úbeda (TPU) y participó, en coordinación con el Ejército, la Seguridad del Estado y otros componentes del Sistema de Defensa, en operaciones contra la contrarrevolución.
En 1988 fue nombrado Delegado de Gobernación en la Segunda Región, León-Chinandega, responsabilidad que ejercía al momento de su muerte.
Su paso por la Policía Sandinista dejó otro conjunto de recuerdos.
Juana Méndez señala que Ferretti insistía en una formación rigurosa, tanto en la disciplina como en el trato humanista hacia la población. Promovía entre los policías la cultura general, la poesía, el canto y el deporte.
Y allí estaba nuevamente el fútbol.
No se limitaba a organizar partidos. Jugaba con sus compañeros. Desde los predios de la Policía impulsó el equipo que posteriormente llevaría su nombre.
Una muñeca, una guitarra y una máquina de coser
Los recuerdos familiares permiten conocer otro Walter Ferretti.
Juana Méndez escribió que no se limitaba a sus responsabilidades formales. Mantenía especial atención hacia las familias de los compañeros caídos y buscaba maneras de ayudar ante problemas que podían parecer pequeños frente a las grandes tareas políticas y militares, pero que eran enormes para quien los padecía.
Podía conseguir una cámara para un joven interesado en la fotografía o una guitarra para quien quería tocar música. Escribía poemas para quienes querían cantar sus propias canciones. Intentó construir, poco a poco, una estación de radio.
En otras ocasiones, la ayuda era todavía más sencilla: una muñeca para una niña enferma o el repuesto que necesitaba una mujer para reparar su máquina de coser.
También cocinaba para sus compañeros y amigos. Antes había trabajado como cocinero en hoteles de Estados Unidos, donde, según la semblanza escrita por Juana Méndez, también había sido dirigente sindical.
En casa era padre de Diriangén, Niquirana y Walter Lenin. Los cuidaba cuando enfermaban, compartía sus juegos y buscaba tiempo para estar con ellos pese a las responsabilidades que desempeñaba.
Juana también lo recordó como un esposo que colaboraba en las tareas domésticas y respaldaba su preparación profesional. La acompañó, además, en la crianza de sus hermanos menores, quienes habían quedado huérfanos.
Para ella, Walter representaba en la vida cotidiana aquella aspiración revolucionaria del “hombre nuevo”.
El hombre que recordaba Juana
Walter Ferretti falleció el 1 de noviembre de 1988, víctima de un accidente de tránsito, mientras ejercía como Delegado de Gobernación en la Segunda Región.
Por su trayectoria recibió diferentes reconocimientos y medallas, entre ellos el título honorífico de Comandante Guerrillero, otorgado a destacados combatientes de la Revolución.
Su nombre quedó también estrechamente vinculado al fútbol nicaragüense, una de sus grandes pasiones y una actividad que había promovido entre sus propios compañeros.
Pero los recuerdos de Juana Méndez permiten encontrar al hombre detrás de los grados y responsabilidades.
Cuando relató cómo Walter fue conquistándola después del triunfo revolucionario, recordó los poemas, las canciones y las atenciones. Ella había pensado permanecer soltera para atender las responsabilidades que tenía con su madre y sus hermanos. Poco a poco fue conociéndolo fuera de los escenarios de guerra.
Y terminó describiendo aquella experiencia con palabras que quizá retratan mejor a Walter Ferretti que cualquier relación de cargos o condecoraciones:
“terminé queriendo a un hombre valioso que no tenía grado, que no era jefe de nada, que no era Comandante Guerrillero y que tenía gran calidad humana”.
Esa memoria permite mirar a Walter Ferretti más allá del Asalto al Palacio Nacional, el Frente Norte, el Repliegue, la Policía Sandinista o las responsabilidades que posteriormente asumió en la defensa de la Revolución.
Está también el hombre que cocinaba para sus compañeros, escribía poemas, jugaba fútbol, atendía las necesidades de las familias de los caídos y encontraba tiempo para cuidar a sus hijos.
En esa vida cotidiana también habitaba el revolucionario.
Referencias
- Caldera, C. (2020, 1 de noviembre). Cmdt. Walter Ferreti, ejemplo de valor y energía. Cuaderno Sandinista.
- Gaceta Sandinista. (2025). Entre fusiles y fútbol: la vida del Comandante Walter Ferretti.
- Méndez Pérez, J. (2011, 20 de noviembre). El valor y la ternura. Retrato del Comandante Walter Ferretti. Manuscrito por Niquirana Ferretti Méndez. Reproducido por Barricada/Historia el 1 de noviembre de 2022.
- Méndez Pérez, J. (2011). Retrato del Comandante Walter Ferretti. Reproducido por Cuaderno Sandinista el 8 de septiembre de 2024.
- Rodríguez, C. (2020, 1 de noviembre). Comandante Walter Ferretti, un revolucionario ejemplar. Diario Barricada. Entrevista a la Dra. Juana Méndez Pérez.
Fotografías


