Por Rubén Darío
Por el lado del Norte está el peligro. Por el lado del Norte es por donde anida el águila hostil. Desconfiemos, hermanos de América, desconfiemos de esos hombres de ojos azules que no nos hablan sino cuando tienen la trampa puesta. El país monstruoso y babilónico no nos quiere bien. Si es que un día, en fiestas y pompas, nos panamericaniza y nos banquetea, ello tiene por causa un estupendo humbug. El tío Samuel es el padre legítimo de Barnum. “América para los americanos” no reza con nosotros: América para el hombre de la larga pera, del chaleco estrellado y de los pantalones á rayas. Si Whitier canta el amor mútuo en el mundo nuevo, Blaine entre tanto, dora los anzuelos. Mas las dos razas jamás confraternizarán. Ellos, los hijos de los puritanos,
los retoños del grande árbol británico, nos desdeñan en nombre del rostbeaf [sic] y del bifteack [sic]. La raza latina para ellos es absolutamente nula. Musculosos, pesados, férreos con sus rostros purpúreos, hacen vibrar sobre nuestras cabezas su slang ladrante y duro; aunque en cambio, miss Jonatham [sic] gusta de los hombres ardientes de ojos negros.
El Presidente dirá en su mensaje palabra de paz y afecto á nuestras nacionalidades; si hay congreso internacional el orador hablará sobre hermosos temas: A nuestros hermanos del continente: La paz y la fraternidad; el reverendo pronunciará su discurso amistoso salpimentado de Evangelio; mandará Whitier ó Whitman su verso profético, ó su saludo glorioso; y el pueblo yankee, cuando salgan á la calle nuestros representantes, los rodeará, curioseando y mirándoles como si fuesen osos ó monos sabios. Después, si los sucesos lo ocasionan, la república colosal hará alardes de poder y de altanería con cualquiera de los pequeños países «hermanos» que cantó el poeta y que bendijo el reverendo. Así con ese país chileno, tan heróico, tan noble y desgraciado. En los momentos en que restaña su sangre, después de una revolución ejemplar y tremenda, siente que llega el boa. El mundo estuvo con el debil, no por la debilidad, sino porque vió oscurecerse la antorcha de la estatua de la Libertad; porque vió al Goliat rubio y pletórico de oro, amenazar al David latino. Falsos predicadores de paz y de concordia! El mismo presidente de los mensajes serenos y fraternales, el mismo Blaine mentiroso, los encariñados de ayer, ellos son los que mandan sus notas hoscas y su soberbio ultimatum al país en donde después de la muerte romana de Balmaceda, se trabaja por levantar siempre bien alto el nombre de la patria chilena. (1)
Mirémosnos en ese espejo. Home, sweet home! y la garra lista para nuestro pescuezo. Hormiguero cosmopólita, Briareo cuya cabeza nunca acariciará el sol de ningún ideal, Babel de los pueblos, pozo en donde cae toda la espuma del mar humano; nación deforme, inflada y orgullosa por la fiebre de Nueva York, por el arca de
Wáshington, por el algodón de Boston, por el puerco de Chicago; sin artistas, porque el poco arte que tienen es todo ajeno; mercado en donde todo se vende, por el poder del dios dollard [sic]; tierra de los cazadores de hombres; sin nada propio, sin nada genuino, como no sea el fundamento de su espíritu nacional: la absorción: cuidémosnos de ella! Quiere comprar á Cuba y descuartizar á Nicaragua. “Anexión!” dicen por allá; “Canal!” exclaman por aquí. Anexión nunca. Lo que se sueña es Cuba de Cuba: ni de España, ni del yankee, y si ha de ser de alguien, que sea de España. Canal, magnífico. Sin que se les deje tomar un dedo de la mano, porque si toman el dedo se llevarán todo el cuerpo. Son ruedas dentadas. Y en cuanto á las relaciones diplomáticas con el monstruo, siempre gran tiento. Que en Wáshington haya muchos romeros, como el Romero de México, que no se deje tocar las bragas. Y hay que recordar que en la historia de la diplomacia americana, no ha brillado nunca la buena fé ni la cultura moral. Y nada de tratados de reciprocidad, con quien al hacer el tratado nos pone la soga al cuello. “La tremenda fuerza al servicio del mal existe ya,” dice un gran escritor á este respecto. Y es la verdad. El hombre del Norte: he ahí el enemigo!
(1) Durante la guerra civil chilena del año 1891, la marina norteamericana manifestó, en palabras y en actos, su hostilidad a la marina chilena, que se había sumado al partido del Congreso. Cuando éste ganó la guerra, un gran número de partidarios del presidente derrotado, Balmaceda, que habían cometido crímenes y atrocidades, encontraron refugio en la embajada de Estados Unidos. Hubo un fuerte resentimiento contra Estados Unidos en la población, y se produjeron una serie de incidentes. El 23 de octubre de 1891, un marinero del crucero Baltimore fue muerto y otros cinco heridos, en el puerto de Valparaíso. El capitán Schley mandó un informe al Departamento de la Marina explicando que sus hombres habían sido atacados de manera sitemática y planificada, en distintos puntos de la ciudad (lo cual era falso). El gobierno de Estados Unidos (bajo el presidente Harrison y el secretario de estado Blaine) comenzó a presionar el gobierno de Chile con amenazas de guerra y movimientos de barcos. Darío, en la presente crónica, compara estos actos con la retórica del primer Congreso Panamericano que se había verificado en Washington poco tiempo antes (18 de noviembre de 1889 al 19 de abril de 1890), presidido por el mismo Blaine.
Referencias:
DARÍO, Rubén (1892 / 2000): “Por el lado del Norte”. El Heraldo de Costa Rica, San José, C.R., 15 de marzo, 1892; rescatado por Günther Schmigalle en Rubén Darío: “La pluma es arma hermosa. Rubén Darío en Costa Rica. Contextos”. Lengua, núm. 23, diciembre, 2000, pp. 209- 211.
