Por Germán Van de Velde
Resumen
El intervencionismo estadounidense ha experimentado una profunda transformación desde finales del siglo XX, incorporando progresivamente mecanismos comunicacionales, cognitivos y algorítmicos que complementan las formas tradicionales de coerción militar y política. Este ensayo propone que dicha transformación ha dado lugar a una arquitectura integrada de poder en la que convergen instrumentos militares, políticos, económicos, diplomáticos, comunicacionales, tecnológicos y algorítmicos, capaces de actuar simultáneamente sobre los procesos políticos, sociales e informativos de otros Estados. A partir de una revisión crítica de la literatura especializada y del análisis de antecedentes históricos, se examina la transformación histórica de las modalidades de intervención, desde las operaciones militares directas y las acciones encubiertas, características de la Guerra Fría, pasando por la propaganda, la guerra psicológica y las denominadas revoluciones de colores, hasta la consolidación de la guerra cognitiva y, más recientemente, de la guerra algorítmica. Se sostiene que la incorporación de la inteligencia artificial, el aprendizaje automático, el análisis masivo de datos y los algoritmos predictivos no constituye una ruptura con las formas tradicionales de intervención, sino una ampliación de sus capacidades estratégicas para influir en la percepción, las emociones, la toma de decisiones y los ecosistemas informativos. Finalmente, se argumenta que la soberanía en el siglo XXI también comprende la capacidad de los Estados para gobernar su información, sus datos, sus tecnologías e infraestructuras digitales. Comprender esta transformación resulta indispensable para interpretar las nuevas dinámicas del poder internacional y los desafíos que enfrentan América Latina y el Caribe en la era de la inteligencia artificial.
Palabras clave: intervencionismo estadounidense; guerra cognitiva; guerra algorítmica; soberanía digital; inteligencia artificial.
Transformación histórica del intervencionismo estadounidense
Desde finales del siglo XX, el intervencionismo estadounidense ha experimentado una profunda transformación que exige analizar la incorporación progresiva de instrumentos comunicacionales, cognitivos y algorítmicos a las formas tradicionales de intervención militar y política. En etapas anteriores, las intervenciones militares directas se articulaban con la manipulación comunicacional y la guerra psicológica. Con el avance de las tecnologías digitales, estas modalidades incorporaron progresivamente nuevas dimensiones de intervención, entre ellas la guerra cognitiva y, más recientemente, la guerra algorítmica. La propaganda clásica del siglo XX buscaba manipular; la guerra psicológica buscaba desmoralizar; la guerra cognitiva, en cambio, pretende alterar la forma misma en que las personas perciben la realidad; la guerra algorítmica incorpora inteligencia artificial, aprendizaje automático y análisis masivo de datos para automatizar operaciones militares, vigilar poblaciones y orientar campañas de influencia.
El Comandante Carlos Fonseca (1980), en su libro “Un nicaragüense en Moscú”, relató la manipulación mediática de la siguiente manera:
“Recordé las dudas que en Nicaragua me habían surgido, cuando escuchaba que la propaganda (estadounidense) pintaba terrible a Moscú […] La propaganda dice que Moscú es la ciudad de la muerte. También ha de ser falso, pensé. Si mienten sobre cosas que los latinoamericanos tenemos frente a nuestros ojos, mucho más han de mentir sobre cosas que, como Moscú, están a millones de metros de nuestra vista.”
En el siglo XXI, las operaciones militares son precedidas, acompañadas y legitimadas por campañas mediáticas, operaciones algorítmicas, sanciones económicas, narrativas humanitarias y dispositivos digitales de intervención emocional. Ahora, la desestabilización también depende de la capacidad de moldear las emociones, influir en las percepciones colectivas y alterar la interpretación social de la realidad de los pueblos (NATO Innovation Hub, 2021).
En el presente trabajo se entiende por intervencionismo estadounidense el conjunto articulado de mecanismos militares, políticos, económicos, diplomáticos, comunicacionales, tecnológicos, cognitivos y algorítmicos mediante los cuales el gobierno de Estados Unidos, de forma directa o en coordinación con aliados, organismos internacionales, fundaciones, agencias de cooperación y otros actores, inciden directamente en los procesos políticos, económicos, sociales y comunicacionales de otros Estados con el propósito de favorecer objetivos de su política exterior y de su estrategia geopolítica. Desde esta perspectiva, el intervencionismo contemporáneo constituye una arquitectura integrada de poder en la que la coerción militar, las sanciones económicas, la comunicación estratégica, las operaciones psicológicas y de otra índole, la guerra cognitiva y la inteligencia artificial operan de manera complementaria.
La arquitectura integrada del intervencionismo estadounidense
El intervencionismo estadounidense del siglo XXI debe entenderse como una arquitectura multidimensional de poder, en la que convergen instrumentos militares, políticos, económicos, comunicacionales, tecnológicos, cognitivos y algorítmicos. La interacción de estos mecanismos permite desarrollar estrategias de influencia cada vez más sofisticadas, capaces de operar simultáneamente sobre el territorio, la economía, la información y la percepción social.
La transformación del intervencionismo estadounidense ha sido un proceso de incorporación progresiva de nuevos instrumentos de influencia política. A medida que las transformaciones tecnológicas modificaron las formas de ejercer el poder, la intervención dejó de depender exclusivamente de la coerción militar para incorporar mecanismos comunicacionales, psicológicos, cognitivos y algorítmicos que hoy actúan de manera integrada. La Tabla 1 resume esta transformación histórica y constituye el marco analítico del presente ensayo.
Tabla 1. Transformación histórica de las modalidades del intervencionismo estadounidense.

Nota. Los períodos representan momentos aproximados de consolidación de cada modalidad. Las distintas formas de intervención se superponen, coexisten y pueden operar simultáneamente. Fuente: elaboración propia con base en Sharp (1993), Robinson (1996), Morozov (2011), Zuboff (2019) y NATO Innovation Hub (2021).
*: período de consolidación de la IA generativa como herramienta de influencia y de automatización.
Durante la Guerra Fría, la invasión militar directa constituyó uno de los principales instrumentos de la política exterior del gobierno de los Estados Unidos para preservar o ampliar sus áreas de influencia geopolítica. Esta estrategia combinó invasiones militares, operaciones encubiertas, apoyo a golpes de Estado, financiamiento de grupos armados y acciones de inteligencia dirigidas a impedir el establecimiento o la consolidación de gobiernos considerados contrarios a sus intereses estratégicos (Blum, 2003; Robinson, 1996).
William Blum (2003) documenta que, desde la culminación de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos participó de forma directa o indirecta en decenas de intervenciones en todo el mundo, que incluyeron cambios de gobierno, operaciones clandestinas y campañas militares en países de América Latina, Asia, África y Oriente Medio. Estas acciones respondieron principalmente a la lógica geopolítica de la confrontación Este-Oeste y a la política de contención del comunismo durante la Guerra Fría.
En América Latina, diversas intervenciones evidenciaron este patrón de actuación. Entre los casos más representativos se encuentran el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954), el apoyo al golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile (1973), la invasión a Granada (1983), la invasión a Panamá (1989) y el respaldo a fuerzas contrarrevolucionarias durante los conflictos centroamericanos, incluida Nicaragua (la guerra de la contra)[1], de las décadas de 1970 y 1980 (Blum, 2003). Estas acciones reflejan el predominio del poder militar y de las operaciones encubiertas como mecanismos para influir en la configuración política de Estados considerados estratégicos. Desde una perspectiva histórica, esta modalidad representa la primera etapa del modelo contemporáneo de intervención, caracterizada por el predominio de la fuerza militar y de la coerción directa.
Durante la década de 1980, las operaciones militares desarrolladas en Centroamérica se complementaron con estrategias sistemáticas de guerra psicológica orientadas a influir en la percepción de la población, debilitar la legitimidad de los gobiernos soberanos y afectar la moral tanto de las fuerzas militares como de la población civil. La intervención dejó de limitarse al empleo exclusivo de la fuerza para incorporar la desinformación, la manipulación de las emociones y de la opinión pública como parte del escenario estratégico del conflicto (Linebarger, 2004; Blum, 2003).
Uno de los casos más representativos de esta transformación fue el manual Psychological Operations in Guerrilla Warfare, elaborado para el entrenamiento de las fuerzas contrarrevolucionarias que operaban contra el Gobierno de Nicaragua. Su contenido suscitó una amplia controversia internacional durante la administración de Reagan. En una entrevista publicada en 1984 y posteriormente incorporada a un documento desclasificado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el exanalista David MacMichael afirmó que dicho manual constituía una expresión de las operaciones psicológicas desarrolladas en el contexto centroamericano y sostuvo que su contenido quebrantaba las restricciones impuestas a determinadas actividades de la propia agencia. (CIA, 2010)
El documento desclasificado reproduce fragmentos del manual en los que la guerra de guerrillas se define como una forma de guerra esencialmente política, cuyo objetivo principal es actuar sobre «las mentes de la población». Asimismo, se describen procedimientos destinados a influir en la percepción pública, a crear determinados estados emocionales, a seleccionar objetivos con impacto político y a aprovechar acontecimientos específicos para fortalecer determinadas narrativas dentro del conflicto (CIA, 2010). Estas directrices reflejan una concepción de la confrontación en la que el control del espacio psicológico comenzó a adquirir una importancia comparable al control del territorio.
En diversos escenarios, la intervención militar estadounidense no se desarrolló mediante el despliegue directo de tropas, sino a través de actores armados locales o regionales que recibían distintos niveles de financiamiento, entrenamiento, asesoría militar, suministro de armamento y apoyo logístico. Esta modalidad, conocida como guerra por intermediarios (proxy war), constituye una forma de intervención indirecta mediante la cual una potencia proyecta su influencia estratégica a través de terceros, reduciendo los costos políticos, económicos y militares asociados a una confrontación directa (Mumford, 2013; Groh, 2019). Durante la Guerra Fría, el respaldo estadounidense a las fuerzas contrarrevolucionarias en Nicaragua, a los muyahidines en Afganistán y a diversos grupos armados en otros escenarios internacionales representó una expresión de esta modalidad de confrontación, en la que los conflictos locales pasaron a integrarse a la competencia geopolítica entre las grandes potencias (Blum, 2003).
Desde una perspectiva histórica, estos antecedentes permiten observar que la transformación del intervencionismo estadounidense no respondió únicamente a la incorporación de nuevas tecnologías, sino también a un cambio gradual en el propio objeto de la intervención. Si durante la Guerra Fría predominó el empleo de operaciones militares, acciones encubiertas y cambios de régimen (Blum, 2003; Robinson, 1996), la guerra psicológica desplazó progresivamente el centro de gravedad hacia la disputa por la percepción colectiva.
Posteriormente, las llamadas “revoluciones de colores” constituyeron uno de los primeros grandes laboratorios de guerra psicológica. Algunos ejemplos en Europa del Este son la revolución Bulldozer (Yugoslavia, 2000), revolución de las rosas (Georgia, 2003), revolución naranja (Ucrania, 2004), revolución de los tulipanes (Kirguistán, 2005), revolución de terciopelo (Armenia, 2018). Algunos ejemplos en América Latina aparecen como los intentos de golpe blando en Cuba (2020 – 2024), Nicaragua (2018), Venezuela (2014 y 2017), Bolivia (2019) y Brasil (2015 – 2016). Todas ellas introdujeron una nueva lógica de cambio o de intento de cambio político, basada en movilizaciones civiles manipuladas y mediatizadas, coordinación internacional, utilización estratégica de símbolos visuales y construcción de narrativas simplificadas sobre democracia, libertad y derechos humanos (Sharp, 1993).
La expansión de internet y de las redes sociales transformó profundamente las formas de organización y de movilización política durante las primeras décadas del siglo XXI. Como señala Castells (2012), las redes digitales facilitaron la articulación de acciones colectivas mediante estructuras de comunicación descentralizadas, ampliando significativamente la capacidad de convocatoria y de coordinación social. En este nuevo entorno comunicacional, las plataformas digitales comenzaron a desempeñar un papel cada vez más relevante en la construcción de narrativas, la circulación de información y la organización de procesos de movilización, convirtiéndose posteriormente en uno de los principales escenarios en los que se desarrollan las operaciones contemporáneas de influencia política.
Detrás de estos procesos comenzaron a aparecer estructuras de financiamiento y de asistencia política vinculadas a organismos como la National Endowment for Democracy (NED), USAID, Freedom House, el International Republican Institute (IRI) y Open Society Foundations. Aunque oficialmente estas instituciones promueven la “democracia”, diversos investigadores señalaron que operan como instrumentos de influencia geopolítica y de reorganización política favorables a intereses occidentales (Robinson, 1996; Engdahl, 2009). Allen Weinstein, fundador de la NED, reconoció que “mucho de lo que hacemos hoy lo hacía la CIA de manera encubierta hace 25 años” (citado en Ignatius, 1991).
De igual manera, las embajadas estadounidenses desempeñan un rol central en la articulación de operaciones diplomáticas, económicas, de comunicación y políticas, orientadas a influir en los procesos políticos internos de la región.
Bajo el discurso de la “cooperación democrática”, múltiples investigaciones y denuncias documentaron la participación de agencias estadounidenses en el financiamiento de organizaciones políticas, la capacitación de cuadros opositores, las operaciones mediáticas y la promoción de agendas alineadas con los intereses geopolíticos de Washington. Por ejemplo, el análisis “Las embajadas y la injerencia de EE. UU. en América Latina” (2020) expone que las sedes diplomáticas estadounidenses han actuado históricamente como centros de presión política e ideológica en la región. El texto recuerda que, detrás del discurso diplomático tradicional, las embajadas operan frecuentemente como plataformas de inteligencia política y reorganización de actores internos favorables a la agenda estadounidense.
La guerra cognitiva representa un escalón más profundo y sofisticado en la transformación de las formas contemporáneas de intervención. Además de desinformar, busca intervenir directamente en los procesos mentales y emocionales de las sociedades. Su objetivo consiste en modificar comportamientos, fragmentar identidades colectivas, producir agotamiento psicológico y sustituir referencias culturales e históricas por imaginarios funcionales a intereses geopolíticos externos. En este modelo, las redes sociales, el big data, la inteligencia artificial y los algoritmos funcionan como herramientas de ingeniería social capaces de influir simultáneamente en millones de personas (NATO Innovation Hub, 2021).
A diferencia de la propaganda clásica del siglo XX, cuyo propósito consistía en persuadir mediante mensajes explícitos, la guerra cognitiva pretende modificar los mecanismos con los que las personas construyen su propia percepción de la realidad. Ya no busca únicamente cambiar opiniones políticas, sino también intervenir en los procesos cognitivos que permiten interpretar los acontecimientos, debilitando el pensamiento crítico, fragmentando la memoria colectiva y favoreciendo respuestas emocionales por encima del análisis racional. El propósito estratégico consiste en que las personas crean que actúan de manera autónoma cuando, en realidad, sus decisiones han sido condicionadas por ecosistemas informativos cuidadosamente diseñados (NATO Innovation Hub, 2021).
En este nuevo escenario, la atención humana se convierte en un recurso estratégico. Los algoritmos priorizan contenidos que generan miedo, indignación, sorpresa o confrontación, porque estas emociones incrementan la interacción de los usuarios y prolongan el tiempo de permanencia en las plataformas digitales. La información deja entonces de organizarse en función de su veracidad y comienza a estructurarse en función de su capacidad para generar impacto emocional. La desinformación ya no depende exclusivamente de noticias falsas; también se construye mediante la saturación informativa, la fragmentación del contexto, la repetición sistemática de determinadas narrativas y la sobreexposición de contenidos que dificultan distinguir entre hechos, opiniones y manipulaciones.
Como sostiene Zuboff (2019), el denominado capitalismo de vigilancia transforma la experiencia humana en una fuente permanente de extracción de datos. Cada búsqueda, cada interacción y cada comportamiento digital generan datos que posteriormente se procesan para anticipar y modificar conductas individuales y colectivas. De esta manera, los datos dejan de ser únicamente un recurso económico y pasan a convertirse en un instrumento de poder político capaz de orientar las decisiones sociales mediante sistemas automatizados de predicción y recomendación.
La expansión global de internet y de las redes sociales aceleró de manera radical este proceso. Plataformas como Facebook, Twitter/X, Instagram, TikTok, YouTube y Discord modificaron la estructura misma de la comunicación humana. Los datos dejaron de circular verticalmente desde los medios tradicionales hacia la ciudadanía y comenzaron a fluir de forma descentralizada, instantánea y emocionalmente intensificada. Al mismo tiempo, debe considerarse que una parte importante de la población convierte acríticamente los datos en información veraz, sin analizarlos, interpretarlos ni significarlos debidamente. Inicialmente, estas plataformas fueron presentadas como herramientas democratizadoras, capaces de ampliar la libertad de expresión y facilitar la participación ciudadana. Sin embargo, investigaciones posteriores comenzaron a advertir que también podían convertirse en mecanismos de vigilancia, manipulación y control conductual, capaces de concentrar enormes cuotas de poder sobre la circulación global de la información (Morozov, 2011).
La propia Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) formalizó esta transformación mediante el documento Cognitive Warfare, elaborado por el NATO Innovation Hub (2021), en el que se sostiene explícitamente que la mente humana constituye un nuevo dominio operacional del conflicto estratégico. El documento afirma que «el cerebro será el campo de batalla del siglo XXI», reconociendo que la competencia entre Estados ya no se desarrolla únicamente en el territorio físico, sino también en los procesos mediante los cuales las sociedades perciben, interpretan y toman decisiones.
En esta misma dirección, Byung-Chul Han (2022) advierte que las sociedades contemporáneas enfrentan una nueva forma de dominación sustentada en la sobreabundancia de datos, a menudo no sustentados y hasta totalmente falsos. En lugar de fortalecer el debate democrático, la acumulación incesante de datos fragmenta el conocimiento, debilita la reflexión crítica y favorece respuestas inmediatas basadas en impulsos emocionales. La denominada infocracia sustituye progresivamente la deliberación racional por flujos continuos de datos que dificultan distinguir entre realidad, interpretación y manipulación, creando un entorno especialmente favorable para las operaciones de influencia propias de la guerra cognitiva.
Como consecuencia, la población civil deja de ser únicamente receptora de datos (muchas veces no veraces) para convertirse simultáneamente en objetivo, vehículo y multiplicador de las operaciones de influencia. Cada usuario participa, muchas veces de manera inconsciente, en la difusión de narrativas, emociones y percepciones capaces de amplificar procesos de polarización, erosionar la confianza institucional y debilitar la cohesión social. La guerra cognitiva transforma así a la propia sociedad en uno de los principales escenarios de confrontación estratégica del siglo XXI.
Por último, entendemos por guerra algorítmica la modalidad de intervención estratégica que emplea inteligencia artificial, aprendizaje automático y análisis masivo de datos tanto en operaciones militares como en campañas de influencia, vigilancia, segmentación de públicos y modificación de entornos informativos. A diferencia de la guerra cognitiva, cuyo propósito central es influir en las percepciones y emociones de las sociedades, la guerra algorítmica incorpora sistemas de inteligencia artificial, aprendizaje automático (machine learning), análisis masivo de datos (big data) y algoritmos predictivos capaces de automatizar la identificación de objetivos, segmentar poblaciones y personalizar mensajes con una precisión sin precedentes. Su objetivo principal es anticipar comportamientos, orientar decisiones colectivas y modificar dinámicamente el entorno informativo en función de las respuestas de millones de usuarios.
Las grandes plataformas digitales se han convertido en el principal escenario de esta nueva modalidad de confrontación. Los algoritmos que administran redes sociales, motores de búsqueda y sistemas de recomendación priorizan determinados contenidos según variables como el tiempo de permanencia, la interacción emocional y el potencial de viralización. Este funcionamiento permite amplificar narrativas específicas, invisibilizar otras, crear cámaras de eco y reforzar procesos de polarización política. En este contexto, la inteligencia artificial participa activamente en la producción y distribución de contenidos, mediante sistemas automatizados capaces de generar textos, imágenes, videos y campañas comunicacionales dirigidas a públicos específicos.
Diversos ejércitos y centros de investigación estratégica reconocen que la inteligencia artificial constituye un componente esencial de las futuras operaciones militares (NATO Innovation Hub, 2021). Los algoritmos ya intervienen en sistemas de reconocimiento de objetivos, vigilancia mediante satélites y drones, análisis de inteligencia, operaciones de ciberdefensa y campañas de influencia digital. La guerra deja de desarrollarse exclusivamente en los espacios físicos y cognitivos para extenderse al ámbito algorítmico, donde la velocidad del procesamiento de datos, la automatización de decisiones y la capacidad de modelar ecosistemas informativos pasan a ser factores decisivos del poder estratégico.
Soberanía digital y desafíos para América Latina
La transformación del intervencionismo estadounidense evidencia que los conflictos contemporáneos ya no pueden comprenderse únicamente desde la perspectiva militar tradicional. La historia reciente muestra una transición progresiva desde las invasiones militares directas hacia modalidades cada vez más sofisticadas de influencia política, comunicacional, cognitiva y algorítmica. La propaganda, la guerra psicológica, las revoluciones de colores, la guerra cognitiva y, más recientemente, la guerra algorítmica constituyen etapas sucesivas de una misma arquitectura de intervención cuyo objetivo estratégico consiste en influir en las decisiones soberanas de los Estados mediante el control de los datos, de los procesos por los que estos se interpretan, de las emociones y de la percepción colectiva.
En este nuevo escenario, la soberanía nacional ya no puede reducirse únicamente al control del territorio, de las fronteras, de los recursos naturales o de las instituciones políticas. La defensa nacional incorpora la soberanía digital como un nuevo componente estratégico. Así como durante el siglo XX la independencia exigía proteger el espacio físico de la nación, durante el siglo XXI resulta igualmente indispensable proteger el espacio informacional, comunicacional y tecnológico en el que hoy se forman las opiniones, se construyen las identidades colectivas y se disputa la legitimidad política.
La inteligencia artificial, los algoritmos de recomendación, el análisis masivo de datos y las plataformas digitales constituyen herramientas tecnológicas de enorme utilidad para el desarrollo científico y económico. Sin embargo, también pueden transformarse en instrumentos de influencia geopolítica cuando se utilizan para manipular narrativas, agudizar conflictos sociales, segmentar poblaciones, orientar tendencias políticas o intervenir en procesos internos de otros Estados. La neutralidad tecnológica deja de ser una premisa suficiente cuando los sistemas que organizan la circulación global de datos responden a intereses corporativos o estratégicos ajenos a la soberanía de los pueblos.
Para Nicaragua, esta realidad plantea desafíos que trascienden el ámbito estrictamente tecnológico. La defensa de la soberanía digital requiere una política de Estado que articule educación, comunicación, investigación científica, ciberseguridad y desarrollo tecnológico, orientada a fortalecer la capacidad nacional para comprender el funcionamiento de los algoritmos, desarrollar capacidades propias en inteligencia artificial, promover plataformas tecnológicas soberanas y formar ciudadanos con pensamiento crítico capaces de identificar operaciones de manipulación informativa.
En ese contexto, la comunicación pública adquiere una dimensión estratégica equivalente a la defensa del territorio nacional. Informar con rigor, fortalecer la memoria histórica, preservar la identidad cultural y garantizar la circulación de datos verificables constituyen componentes esenciales de la seguridad nacional. La alfabetización digital deja de ser únicamente una competencia educativa para convertirse en un instrumento de defensa de la soberanía frente a escenarios en los que los datos pueden emplearse como arma de confrontación política.
Del mismo modo, la investigación científica nacional deberá asumir un papel cada vez más relevante. Las universidades, los centros de investigación y las instituciones públicas están llamados a desarrollar estudios permanentes sobre inteligencia artificial, análisis, interpretación y significación de los datos, seguridad informática, comunicación digital y guerra cognitiva, con el propósito de anticipar riesgos y fortalecer las capacidades nacionales de respuesta. La soberanía tecnológica no depende exclusivamente de la adquisición de infraestructura, sino también de la formación de recursos humanos capaces de comprender, desarrollar y gobernar las tecnologías que definirán las relaciones internacionales durante las próximas décadas.
Asimismo, una cooperación regional genuina cobra una importancia creciente. Ningún país latinoamericano posee, de manera aislada, la capacidad suficiente para enfrentar los desafíos derivados del poder concentrado de las grandes corporaciones tecnológicas o de las nuevas modalidades de intervención digital. La articulación de mecanismos genuinos de cooperación científica, tecnológica y comunicacional entre los países de América Latina y el Caribe puede contribuir al desarrollo de capacidades compartidas en materia de ciberseguridad, inteligencia artificial, protección de datos, infraestructura digital y producción de contenidos propios, fortaleciendo una visión común de soberanía en el entorno digital.
La experiencia histórica demuestra que cada transformación tecnológica modifica también las formas del poder. La imprenta transformó la política moderna; la radio y la televisión redefinieron la propaganda del siglo XX; internet reorganizó la comunicación global; y la inteligencia artificial inaugura ahora una nueva etapa en la que los algoritmos participan activamente en la construcción de la realidad social. Comprender esta transformación es una condición indispensable para preservar la independencia política y la autodeterminación de los pueblos.
Como advirtió tempranamente el Comandante Carlos Fonseca al reflexionar sobre la propaganda internacional, la manipulación de la información puede construir realidades completamente distintas de los hechos objetivos. Aquella reflexión adquiere hoy una dimensión mucho más profunda: la inteligencia artificial, el análisis masivo de datos y los algoritmos permiten que esa manipulación deje de ser uniforme para convertirse en personalizada, dinámica y adaptativa. El desafío está en preservar la capacidad colectiva para pensar de manera autónoma.
En consecuencia, la soberanía del siglo XXI deberá entenderse como la capacidad de un pueblo para decidir libremente sobre su territorio, sus recursos, sus instituciones, así como sobre su información, sus datos, sus tecnologías y su conciencia colectiva. La convergencia entre coerción militar, presión económica, comunicación estratégica, guerra cognitiva e inteligencia artificial configura lo que este trabajo identifica como la nueva arquitectura del intervencionismo estadounidense del siglo XXI.
En este escenario, la defensa de la soberanía comienza con la capacidad de una nación para gobernar su información, desarrollar su propia tecnología y preservar la autonomía de su pensamiento colectivo.
Referencias bibliográficas
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Linebarger, P. M. A. (2004). Psychological warfare. Dover Publications. (Obra original publicada en 1954).
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[1]International Court of Justice. Judgement of 27 June 1986 https://www.icj-cij.org/node/103143

