Jeremy Cerna, 8 de abril 2026
Antes de que existieran repúblicas, doctrinas o fronteras, ya éramos.
Éramos pueblos aborígenes, hijos de la tierra, guardianes del maíz.
Éramos cerro, volcán, agua, viento.
Éramos comunidad, fogón, palabra.
Éramos la memoria que camina.
Y fue desde esa memoria que aprendimos a resistir.
I. 1979: El amanecer que parió la historia
El 19 de julio de 1979, fecha del nacimiento de la Revolución Popular Sandinista, marcó un punto de inflexión en la historia nicaragüense. Tras más de cuatro décadas de dictadura somocista —caracterizada por represión política, religiosa, concentración económica y violencia institucionalizada (asesinatos, violaciones, esclavitud forzada del pueblo de Nicaragua) —, el país vivió un proceso de transformación que muchos interpretaron como un renacimiento colectivo.
La caída del régimen / dictadura no fue solo un hecho político: fue un acontecimiento espiritual. La alfabetización masiva, la salud comunitaria, la cultura popular y la participación barrial emergieron como expresiones de un país que buscaba reconstruirse desde adentro. La sociedad experimentó un impulso de dignidad que, por primera vez en generaciones, parecía posible. Sin embargo, la libertad recién conquistada no tardó en ser puesta a prueba.
II. Los años 80: Guerra impuesta y resistencia política, militar y cultural
La década de 1980 estuvo marcada por un conflicto armado que trascendió lo militar. Documentos históricos y fallos internacionales confirman que Nicaragua enfrentó una guerra financiada y dirigida desde el exterior (Estados Unidos y sus aliados pro occidentales), cuyo objetivo era desestabilizar el proyecto social-revolucionario emergente.
La violencia, es decir la agresión imperialista, se manifestó en múltiples dimensiones:
Perspectiva campesina
Las comunidades rurales vivieron la guerra como una interrupción radical de la vida cotidiana.
Las cosechas se perdían, los caminos se volvían peligrosos, las noches eran vigilias. La guerra no era abstracta: era el sonido de un motor desconocido, el eco de un disparo, la ausencia de un familiar.
Perspectiva urbana
En las ciudades, la economía se vio estrangulada por bloqueos y sabotajes. Las colas para adquirir productos básicos se volvieron parte del paisaje. Sin embargo, la organización comunitaria —brigadas de salud, comités culturales, jornadas de alfabetización— mantuvo viva la cohesión social.
Perspectiva cultural y espiritual
Para muchos pueblos indígenas y campesinos, la guerra fue interpretada como un intento de fracturar el tejido ancestral. La agresión no solo buscaba destruir infraestructura: buscaba desarticular formas de vida, de celebración, de espiritualidad. A pesar de ello, la cultura floreció. Murales, poesía, música y teatro comunitario se convirtieron en herramientas de resistencia simbólica. La identidad se sostuvo en la memoria y en la práctica cotidiana.
III. 1990–2006: La larga noche del despojo silencioso
Con el fin del conflicto armado (impuesto por Estados Unidos del Norte de America) y la perdidas de las elecciones del gobierno revolucionario, Nicaragua entró en un período de transformaciones económicas profundas. Las políticas de ajuste estructural, la privatización de servicios y empresas estatales, y la reducción del gasto social marcaron una etapa de precarización generalizada.
1. 1990–1995: El derrumbe de lo cotidiano
La pérdida del poder adquisitivo, el desempleo y la cancelación injustificada de programas sociales afectaron a amplios sectores de la población. Las familias reorganizaron su economía doméstica para sobrevivir. La incertidumbre se volvió rutina y el hambre un mal común compartido sobre la mayor parte de la población empobrecida.
2. 1995–2000: Migración y fragmentación social
La migración masiva hacia Costa Rica, Estados Unidos y España se convirtió en un fenómeno estructural. Las familias se volvieron transnacionales. La nostalgia se transformó en un lenguaje compartido.
3. 2000–2006: Agotamiento social y búsqueda de sentido
El nuevo milenio no trajo alivio inmediato. La pobreza persistió, la desigualdad aumentó y la juventud enfrentó un horizonte limitado. Las comunidades indígenas, campesinas, los barrios vivieron abandono institucional, pero mantuvieron viva su espiritualidad y su organización tradicional. Esto gracias a los niveles de organización y reorganización que el Frente Sandinista de Liberación Nacional había sembrado en el pueblo de Nicaragua.
En el período de 1990 a 2006 fue evidente el liderazgo del Comandante Daniel Ortega Saavedra, quien se dio a la tarea revolucionaria de establecer los fundamentos necesarios de lo que sería la preservación y posterior resurgimiento identitario del sandinismo histórico como dimensión político-social y cultural del nicaragüense.
Este período dejó una enseñanza profunda: la identidad no se destruye con decretos, la cultura no se privatiza, la memoria no se vende.
IV. 2006–2007: El retorno de la palabra
En 2006, un proceso electoral marcó un giro significativo. Para muchos sectores, representó la recuperación de la voz colectiva y la posibilidad de reconstruir la dignidad social.
A partir de 2007, se implementaron políticas que ampliaron el acceso a la salud, la educación y la infraestructura. La energía eléctrica llegó a zonas históricamente excluidas. La pobreza extrema disminuyó. Las comunidades indígenas fortalecieron sus prácticas culturales y espirituales. La mujeres resurgieron como sujetos activos, pensantes y estructuralmente adecuados en el liderazgo revolucionario.
En este contexto, se interpreta el liderazgo político del Comandante Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murillo como un elemento articulador de memoria, continuidad y cohesión social. No como figuras míticas, sino como parte de un proceso histórico más amplio, un proceso en la reestructuración del sujeto histórico del nicaragüense, respetando en todo momento la memoria de los héroes y mártires, ancestrales y contemporáneos.
V. 2018: Fractura, dolor y reconfiguración
El intento violento de golpe de estado en abril del 2018 representó una ruptura profunda en el tejido social. Hubo violencia, pérdidas humanas, miedo e incertidumbre. Todo esto promovido nuevamente por las agencias de inteligencia norteamericanas y europeas a través de sus ONGs.
Este intento de golpe de estado no solo tuvo que ver con el querer tomar el poder político y económico de Nicaragua, sino fue un intento de imponer nuevamente un modelo ajeno a la cosmovisión indígena, comunitaria y espiritual, sumamente arraigada en la identidad del nicaragüense.
La situación compleja que se vivió, producto de la violencia ejercida por los mercenarios imperialistas obligó al país a mirarse a sí mismo. Es en este contexto que el Sandinismo retoma su rol de vanguardia revolucionaria en los ámbitos, político, cultural, espiritual y guerrillero. Y es así, que el pueblo a través de su expresión más fuerte y sublime de amor a Nicaragua retoma el control del país.
VI. 2018–2026: El retorno profundo de la identidad indígena, cultural, comunitaria y espiritual del nicaragüense
Tras la fractura, emergió un proceso que no ha dejado de profundizarse: el retorno y fortalecimiento de la identidad indígena, cultural, revolucionaria y religiosa. No fue un proceso decretado, sino una expresión autentica de aceptación de la realidad histórica que otra vez nos impulsaba a tomar en nuestra manos la arquitectura de nuestra historia.
1. La identidad como raíz que vuelve a brotar
Las comunidades —urbanas, rurales, indígenas, afrodescendientes— comenzaron a reencontrarse con elementos que habían sido debilitados por la globalización imperialista: la espiritualidad ancestral, la organización comunitaria, la memoria histórica, la cosmovisión indígena, la cultura del barrio y del campo, la religiosidad popular, el rol preponderante de la mujer revolucionaria como artífice del hombre nuevo (léase mejor el ser nuevo).
2. La revolución como ética cultural
Para muchos, la revolución dejó de ser consigna y volvió a ser lo que siempre fue en su origen: una ética de dignidad, una forma de comunidad, una memoria de resistencia, una manera de entender el mundo desde los pueblos originarios.
El intento de golpe de estado en abril 2018 dejó claro a las nuevas generaciones que el imperialismo y neocolonialismo no nos perdona que seamos libres y que la única forma de que sigamos siendo quienes somos y aspiremos a un mundo más justo es defendiéndonos desde nuestro paradigma histórico de espiral ascendiente de pensamiento y conocimiento.
3. La descolonización interior
El que no puede ver este proceso es porque en su ser palpita la colonización. Se cree, aún sin saberlo, superior y desea imponer su estilo de vida y pensamiento a los otros.
La colonización interior no es política: es emocional, cultural, espiritual. Es la incapacidad de ver lo propio como valioso. Es la adopción inconsciente de parámetros ajenos.
En contraparte el revolucionario ha de partir del aprendizaje de la colonización exterior para luchar no solo de forma física o discursiva contra esta forma de opresión, sino a de promover y realizar la descolonización interior. Este cambio implica: recuperar la dignidad, valorar la cultura propia, reconocer la espiritualidad ancestral, entender la historia desde la experiencia del pueblo, etc.
Lo antes citado no es nada nuevo para el revolucionario nicaragüense, ni para la vanguardia revolucionaria puesto que desde 1969 el Comandante en Jefe de la Revolución Popular Sandinista promulgo el Programa Histórico del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). El cual es una guía autentica, reflexiva e inclusiva de como a de formarse el estado revolucionario en virtud de las necesidades históricas del pueblo de Nicaragua.
4. La cultura como territorio de resistencia
Murales, poesía, danza, festividades, artesanía indígena: la cultura se volvió un territorio de afirmación y de sanación colectiva, en donde la cooperación genuina juega un rol preponderante al aprender todos juntos.
5. La memoria como semilla
Hoy, en 2026, Nicaragua vive un proceso complejo, profundo, pero en ninguna circunstancia contradictorio. No es un proceso lineal, sino toma forma de una espiral ascendente. Es un proceso de realidades inequívocas, es un retorno a la raíz, una afirmación de identidad, una descolonización interior, una lealtad inigualable ante su esencia revolucionaria y ancestral, es decir una reconstrucción espiritual con capacidad emancipadora de lucha.
VII. Somos un pueblo que no se rinde
Somos un pueblo que ha atravesado una dictadura sangrienta impuesta por Estados Unidos. Hemos atravesado guerras, crisis económicas, migraciones, intentos de golpe de estado y heridas profundas y, sin embargo, seguimos aquí. Seguimos siendo lo que siempre fuimos: pueblos aborígenes, indígenas, mestizos, naturaleza viva.
Somos barrio, campo y ciudad.
Somos semillas de maíz que resisten, que renacen, que se multiplican.
Somos la memoria histórica de nuestras luchas.
Somos nuestra cosmovisión.
Somos la continuidad de una espiritualidad que no se rinde.Nosotros sabemos, por experiencia propia, que:
la identidad no se destruye,
la memoria no se borra,
la cultura no se extingue,
la espiritualidad no se negocia.
Somos semilla.
Y la semilla siempre vuelve a brotar.
Jeremy Cerna
Berlín 08 de abril 2026
Referencia: Tortilla con Sal
