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Monimbó y Camilo

by Cuaderno Sandinista
26 febrero, 2026
in Opinión
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Monimbó y Camilo
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Por Marcio Vargas Aguilar

Era un día como este hace ya 48 años.
El fuego de metralla desde helicópteros y en sofisticadas bombas mostaza regaladas por los dictadores argentinos, llovía sobre Monimbó.
En en el canto de una puerta, a unos metros, cerca de la sede de la Cruz Roja, veíamos caer a niños y viejitos, que lanzaban bombas artesanales con sus manos hacia los soldados de tropas élite de la Guardia Nacional de los Somoza.
La sangre salpicaba a Magdalena.
Niños desde ventanales del Salesiano, con fusiles de poco calibre, resistían. Nunca vi más cerca a Sandino con armas surgidas del ingenio de la tierra y de la nicaraguanidad, como lo veía ahora.
Nunca me había sentido más orgulluso de ser nicaragüense sandinista que en aquel momento.
Jovencito periodista me daban ganas de estar armado con potentes cañones y derribar así a los horribles helicópteros o responder a las tanquetas.
Monimbó combatió por días, y cuando la sangre se escurría por sus cunetas y ya no había resistencia, los GN entraron a sus anchas.
En la Cruz Roja no podían evacuar a los heridos, entre ellos personas sin manos por haber fallado en el rito bamboleante y suave de las bombas de contacto.
Cuando ya no hubo nada que tirarle a los guardias, los monimboseños les lanzaban cohetería de fiestas patronales y hasta de colores. Avanzamos los periodistas poco a poco y fuimos rodeando la escena del combate. Llegamos hasta a pocos metros de Los Sabogales. Ahí despegaba un helicópetro. «Se llevaron a los muchachos muy heridos…los van a matar», dijo un viejo, más viejo que la obsidiana. Uno de esos muchachos, alto y flaco, se llamaba Camilo Ortega Saavedra.
Volvimos sorteando tiros y cañonazos de tanques Sherman. El Sherman…, el general Sherman de la guerra de secesión en USA, quien llegó a odiar la guerra, prestaba su nombre para esas máquinas de matar. Nos apuntó uno de ellos, Nuestro vehículo se detuvo. No tuvimos tiempo de enconmendarnos a Dios.
Pero unos muchachitos solitarios y aislados en el segundo piso de una tienda, dispararon cuatro o cinco tiros de lo que parecían eran fusiles de cazar palomas, calibre .22, contra el tanque, quien se desentendió de nosotros y apuntó su cañón hacia el sitio de donde provenían los tiritos. Ellos seguramente murieron por nosotros, con semejantes explosiones.
Nosotros salvamos la vida gracias a ellos, pues el vehículo nuestro tomó velocidades casi siderales de tanto miedo y cuando vimos, ya estábamos cerca del Coyotepe, rumbo hacia Managua, como almas perseguidas por el diablo, para tratar de reportar lo que pudo haber sido una reedición de las Termópilas. Cientos de Leónidas cayeron en Monimbó.
Como Leónidas cayó Camilo, torturado y asesinado en el interior del helicóptero mientras volaba hacia Managua. Sus familiares, recuerdo a una hermana suya de nombre Germania, reconocieron el cadáver deshecho en la morgue. Entre lágrimas en sus mejillas y dientes aprestados de furia y de dolor y coraje. Desde entonces le llamaron sus compañeros El Apóstol de la Unidad. El corazón de obsidiana de Monimbó se tiñó de la sangre pura de Camilo.
Eso creo que sucedió el 26 o 27 de febrero de 1978.
Todavía el amanecer se veía largo.
Los hermanos de Camilo siguieron el combate.
Uno de ellos, Daniel, sigue aún hoy en la lucha diaria revolucionaria de construir una nación digna de Sandino.
Una vez, el 1 de marzo de 1990, mientras hablaba con periodistas sobre la derrota electorad de días atrás, vi cómo Daniel suspendía su alocución por varios minutos. Lloraba y no quería que se vieran sus lágrimas. El torozón del dolor en la garganta. Tuvimos que aplaudirle largo rato para que se sintiera mejor. y continuara platicando con nosotros. De la misma madera de Camilo está hecho Daniel. El es ahora nuestro presidente, nuestroi hermano, nuestro compañero, nuestro amigo.
Patria y Libertad..
Marcio Vargas Aguilar
Periodista nicaragüense
Orden de la Independencia Cultural «Rubén Darío»
PLOMO
Tags: #CamiloOrtega#CuadernoSandinista#Historia#Monimbó#Nicaragua
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