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Eugene Hasenfus y el día en que una operación secreta cayó en Nicaragua

by Cuaderno Sandinista
6 octubre, 2026
in Frente Sandinista
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Eugene Hasenfus y el día en que una operación secreta cayó en Nicaragua
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Por Cuaderno Sandinista

Aquel domingo 5 de octubre de 1986, Raúl Antonio Acevedo Lara descansaba junto a sus compañeros en las montañas de Río San Juan. Tenía veinte años, llevaba veintidós meses entre montañas y pantanos cumpliendo el Servicio Militar Patriótico y había dejado atrás su trabajo en MICOIN, en San Carlos. En su mochila había llevado algunas ropas y su broche de militante de la Juventud Sandinista.

Entonces escucharon un avión.

“Apenas oímos el ruidito, ¡Ehh! todos saltamos de las hamacas y comenzamos a buscar el avión, pero como estaba brisandito no se miraba”.

Los jóvenes pertenecían a la Tercera Compañía del Batallón Ligero Cazador “Gaspar García Laviana”, de la 55 Brigada de la V Región Militar. Entre ellos estaban José Fernando Canales, lanzacohetero; Byron Montiel Salas, ayudante de lanzacohetero; y Raúl Antonio Acevedo Lara, soldado.

El aparato que escuchaban era un Fairchild C-123K, matrícula C-824. Había despegado de la base aérea de Ilopango, en El Salvador, y penetraba en territorio nicaragüense transportando armamento y otros pertrechos destinados a abastecer a las fuerzas de la Contra.

Volaba bajo.

Poco después de las 12:30 del mediodía, el jefe de la compañía consiguió localizarlo.

“¡Arriba, flechero!”, gritó.

Fernando Canales preparó el arma antiaérea. Años después describiría aquellos segundos:

“Comencé con la puntería… el avión venía como a cinco kilómetros… cuando lo capturé de nuevo es que hago el disparo del segundo gatillo y fue cuando la flecha salió rumbo al objetivo”.

El misil alcanzó el avión.

Byron Montiel recordaría la imagen:

“Miramos salir el misil y le pega en el motor derecho, se vio una bola de fuego… el avión cae y se ven tres bultos, dos caen y el otro abre un paracaídas”.

Desde tierra, los jóvenes comenzaron a celebrar.

“Y nosotros, imagínate, súper alegres, brincábamos, nos abrazábamos todos cuando lo miramos que venía para abajo… ¡Se cayó el avión contra!, gritábamos”.

Todavía no podían saberlo, pero aquel avión en llamas llevaba consigo algo más que fusiles, municiones y equipos militares. Su derribo permitiría exponer una operación clandestina de abastecimiento a la Contra en momentos en que las restricciones aprobadas por el Congreso estadounidense limitaban la asistencia de Washington destinada a derrocar al Gobierno de Nicaragua.

El avión que llegó desde Ilopango

Los soldados caminaron aproximadamente una hora hasta encontrar los restos del C-123K. Según el relato de Raúl Acevedo, la aeronave estaba envuelta en llamas.

Tres de sus tripulantes murieron: los estadounidenses William Cooper y Wallace “Buzz” Sawyer, y el radiooperador nicaragüense Freddy Vílchez.

Había un sobreviviente.

Uno de los ocupantes había conseguido abandonar el avión en paracaídas antes del impacto. Se llamaba Eugene Hasenfus, tenía 45 años, era estadounidense y veterano de la Infantería de Marina. Su función durante aquellos vuelos consistía en lanzar desde el aire la carga destinada a las fuerzas contrarrevolucionarias.

Los insumos consultados señalan que el C-123K transportaba alrededor de 13 mil libras de suministros militares, entre ellos 100 mil cartuchos para fusiles AK-47, 60 fusiles AK-47 plegables, 60 RPG-7 y 150 pares de botas.

El vuelo había salido de Ilopango con destino a las fuerzas de la Contra que operaban en el sur de Nicaragua.

Pero faltaba encontrar al hombre que había caído en paracaídas.

Raúl Acevedo decidió buscarlo.

“¡Gringo este cliente!”

Aquella noche, Raúl durmió en el cerro junto con otros jóvenes combatientes. Al día siguiente continuó la exploración acompañado por Freddy Díaz.

Caminaron durante horas.

Cerca de las diez de la mañana encontraron una pequeña casa abandonada. Allí, el paracaidista había improvisado un lugar para descansar utilizando su propio equipo.

Raúl lo describió pocos días después a los periodistas de Barricada:

“Estaba en una casita abandonada; con su paracaídas había hecho una hamaca y una colcha, las guindó en unos horcones y se acostó. Parece que estaba rendido a esa hora”.

Hasenfus había encontrado un ayote en el patio y había comido una parte. Tenía las calcetas a un lado y, sobre ellas, una pistola TT y una navaja.

Raúl lo observó.

Era un hombre que no se parecía a los combatientes contrarrevolucionarios con los que se había enfrentado durante los meses anteriores.

“Yo no sabía quién era, pero cuando lo miro todo extraño, chele, gordo, ojos gatos, ¡Eh!; ¡Gringo este cliente!, dije yo”.

Lo encañonó inmediatamente.

“¡Arriba!”

Había un pequeño problema: ninguno entendía el idioma del otro.

La escena que siguió quedó registrada con extraordinaria espontaneidad en la entrevista publicada por Barricada el 7 de octubre de 1986.

“¿Y qué resistencia iba a hacer si yo le tengo el AK bala en boca y en ráfaga?”, contó Raúl entre risas.

Comenzó entonces a darle instrucciones mediante señas. Le indicó que se arrodillara, levantara las manos y se acostara en el suelo. Hasenfus obedeció.

Raúl se aproximó con cautela. Temía que aquel estadounidense pudiera tener entrenamiento especial y tratara de sorprenderlo. Freddy Díaz permaneció detrás, cubriendo a su compañero.

Raúl le quitó la pistola, la navaja y los documentos. Cortó parte del paracaídas y entregó todo al jefe de la compañía.

Después pensó:

“Ahorita, dije yo, me acabo de apuntar una buena raya, con haber agarrado a este gringo”.

El joven de veinte años acababa de capturar al único sobreviviente del C-123K.

De una choza en Río San Juan a Washington

La importancia de aquella captura se hizo evidente muy pronto.

Hasenfus fue presentado públicamente y declaró sobre las operaciones de abastecimiento a la Contra. Mientras el Gobierno estadounidense negó un vínculo oficial con aquel vuelo, el caso puso bajo escrutinio internacional la estructura utilizada para sostener esas operaciones.

El episodio ocurrió, además, en un momento particularmente delicado para Washington. Las enmiendas Boland, aprobadas por el Congreso estadounidense durante la primera mitad de aquella década, habían impuesto restricciones a la utilización de fondos y a determinadas actividades de las agencias estadounidenses relacionadas con el derrocamiento del Gobierno nicaragüense.

Pocos meses antes, el 27 de junio de 1986, la Corte Internacional de Justicia había emitido su sentencia en el caso promovido por Nicaragua contra Estados Unidos.

Ahora, desde los restos de un avión derribado en territorio nicaragüense, aparecía una nueva pista sobre la guerra clandestina.

Los documentos y registros vinculados con el vuelo permitieron seguir conexiones de la red de abastecimiento. Las investigaciones posteriores alcanzaron al Consejo de Seguridad Nacional estadounidense y a funcionarios como el teniente coronel Oliver North.

Durante las semanas siguientes saldrían a la luz operaciones que involucraban la venta secreta de armas a Irán y el desvío de recursos hacia la Contra. El conjunto de revelaciones terminaría convirtiéndose en el escándalo conocido mundialmente como Irán-Contra.

Un misil disparado desde las montañas de Río San Juan había abierto una puerta que Washington ya no pudo cerrar con facilidad.

Tres jóvenes frente a un C-123K

La historia del derribo tiene nombres.

José Fernando Canales, encargado del lanzacohetes, tenía entonces 18 años. Byron Montiel, su ayudante, tenía 17. Raúl Antonio Acevedo Lara, quien participó en la búsqueda y captura de Hasenfus, tenía 20.

Eran jóvenes del Servicio Militar Patriótico.

La entrevista realizada a Raúl apenas dos días después conserva algo que las reconstrucciones posteriores difícilmente pueden reproducir: la manera en que un muchacho de veinte años contaba lo ocurrido antes de que el episodio terminara convertido en capítulo de libros, investigaciones y documentales.

Cuando los periodistas le preguntaron cómo se sentía después de capturar al estadounidense, respondió simplemente:

“Me siento emocionado”.

La siguiente pregunta fue más directa: había capturado a un militar norteamericano.

Raúl contestó:

“Claro, que soy el primer nicaragüense que agarra a un mercenario, a un yanqui, ¡a un gringo puro!”.

Los tres jóvenes fueron condecorados con la Medalla Camilo Ortega Saavedra. Posteriormente viajaron a Cuba, donde recibieron la Condecoración del 30 Aniversario del Desembarco del Granma.

El prisionero

Eugene Hasenfus fue procesado en Nicaragua.

El 15 de noviembre de 1986, un tribunal nicaragüense lo condenó a 30 años de prisión por los delitos que le fueron imputados a raíz de su participación en la operación clandestina.

No permaneció mucho tiempo encarcelado.

El 17 de diciembre de ese mismo año, el Gobierno encabezado por el Comandante Daniel Ortega le concedió el indulto. Su liberación fue presentada por Nicaragua como un gesto de paz.

Hasenfus regresó a Estados Unidos.

El avión, en cambio, no desapareció con él de la historia.

Cuando una operación clandestina cayó del cielo

Hay episodios históricos cuya importancia solamente puede comprenderse al observar lo que ocurre después. El derribo del C-123K pertenece a esa clase de acontecimientos.

El 5 de octubre comenzó como una jornada de vigilancia para un grupo de jóvenes soldados en Río San Juan. Escucharon el motor de un avión entre las nubes, recibieron la orden de prepararse y dispararon un misil.

Al día siguiente, dos de aquellos combatientes caminaron por la montaña buscando al hombre que habían visto descender en paracaídas.

Lo encontraron acostado en una hamaca improvisada dentro de una casa abandonada.

La captura de Eugene Hasenfus puso rostro a una operación que hasta entonces podía mantenerse detrás de intermediarios, rutas aéreas y estructuras clandestinas. Lo ocurrido en Nicaragua se incorporó rápidamente a una investigación mucho mayor sobre las operaciones desarrolladas durante la administración de Ronald Reagan y sobre los mecanismos empleados para mantener el abastecimiento a la Contra.

Pero antes de Washington, las audiencias, los funcionarios y el escándalo Irán-Contra estuvieron aquellos minutos en la montaña.

Un avión volando bajo.

Un jefe que gritó:

“¡Arriba, flechero!”

Fernando Canales apuntó y disparó.

Byron Montiel vio el impacto y un paracaídas abrirse en el cielo.

Y Raúl Acevedo caminó al día siguiente hasta encontrar a un hombre agotado, acostado bajo un techo abandonado, sin imaginar todavía todo lo que aquella captura ayudaría a revelar.

Fuentes:

  • Cuaderno Sandinista — “El relato del soldado que capturó al mercenario Eugene Hassenfus”
    https://cuadernosandinista.com/2024/10/05/el-relato-del-soldado-que-capturo-al-mercenario-eugene-hassenfus/
  • Cuaderno Sandinista — “El día en que Nicaragua derribó al imperio: la captura del mercenario”
    https://cuadernosandinista.com/2025/10/06/el-dia-en-que-nicaragua-derribo-al-imperio-la-captura-del-mercenario/
  • Gaceta Sandinista — “Eugene Hasenfus, la caída que desenmascaró al imperio”
    https://gacetasandinista.com/eugene-hasenfus-la-caida-que-desenmascaro-al-imperio/
  • Diario Barricada — César Mairena, “Hasenfus, cuando la verdad de una guerra ilegal cae del cielo”
    https://www.diariobarricada.com/destacadas/hasenfus-cuando-la-verdad-de-una-guerra-ilegal-cae-del-cielo/
Tags: #EugeneHasenfus#FSLN#Historia#IránContra#Nicaragua
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